Ella se arriesgó, fue, y todo salió genial, tarde estupenda, estaba a su lado, lo que necesitaba, pero faltaba algo.
Pretendieron dar una vuelta con la intención de poder estar en una dulce intimidad bañados por los rayos del sol nacientes tras las nubes cargadas de lluvia, y allí sí que se encontraba todo perfecto, tranquilidad, pájaros cantando, él y ella, y el tan esperado beso.
Tuvieron que volver, y aun que seguía siendo perfecto, todo genial, faltaba un ápice de intimidad, ese que tanto les gustaba a los dos.
Tras la cena, llegó la hora de la despedida, subir al coche y llegar a casa.
En el coche no sólo estaban ellos dos, y aquello no era malo, pero... no era como siempre, y los dos lo sabían, todos lo sabían.
Fue una vuelta entretenida, pero a la hora de la detención del coche ante la puerta llegó aquel momento tan extraño, en el que no hubo beso de despedida, sólo miradas que decían que la espera sería merecida...
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