No, no lo puedo evitar, lo siento, te siento, te siento tan dentro de mi que ya no puedo aguantar; permaneces clavado en mi interior, cupido acertó de lleno. Diana. No hay vuelta atrás.
Esto ha llegado demasiado lejos, hasta el punto de que creo en el destino, éste que te cruzó en mi camino, éste que acercándote a mi hizo que mis mejores sueños se cumplieran.
No, nunca pensé en que se podía llegar a sentir tan fuerte hasta el punto de necesitar de ti, de querer yacer en tus ojos, morir en tus labios y arder en tu fuego.
Todo ese tiempo que permanecí entre tinieblas y oscuridad, entre llantos y dolor, entre carencias y deseos lejanos; todo eso, acabó, en el preciso instante que pusiste un pie sobre mi mundo; lo hiciste temblar. Revolución. Mundo nuevo.
Un mundo en el que no cabía el llanto si no era de alegría, un mundo en el que derrocaste a la reina tristeza e impusiste la felicidad y en el que destacaba por bandera la satisfacción.
Este mundo maravilloso de calles de ternura y avenidas de cariño, de casas de confianza y montañas de entusiasmo, de camas de amor y sábanas de pasión.
En definitiva éste fascinante mundo en el que me has introducido y del que no quiero partir bajo ningún concepto.
Porque has hecho de mi una persona nueva, me has enseñado a amar.
Eres todo lo que yo buscaba y por fin lo encontré. Gracias por todo este tiempo mi amor. No me quedan más que éstas lágrimas que salen desde las profundidades de mi corazón. No hay nada más que decir.
Te amo. XIV/VIII/MMXI
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